diumenge, 25 de març de 2012

Flor de la vida











Salí de casa caminando muy deprisa, casi corriendo. Notaba como la emoción empezaba a brotar por mis venas, como mi sangre empezaba a calentarse. Me estaba quedando sin aliento, pero no me importaba en absoluto. Me paré al lado del almendro, sus flores estaban hermosas, su tronco aferrado al suelo, mis pies querían ser sus raíces.
Mi nariz estaba totalmente dormida, el olor la había pillado por sorpresa dejándola muerta, disfrutando el placer de cada inspiración forzada, dejando que mis pulmones se llenaran de flores. Era primavera, y en ese momento yo era la persona más agradecida del mundo.
Ese almendro era mi vida entera. Me había visto desde todos los ángulos posibles. Me había visto llorar, débilmente, profundamente, escandalosamente, exageradamente, y con dolor. Me había visto feliz, con una sonrisa de esas que dan ganas de saltar por las paredes y decir estupideces. Avergonzada, también me había visto avergonzada. No sé como me lo hacía, pero en los momentos que notaba sentimientos extremos, me iba con él. Dejaba que mi mente fuera su mente y que viese todo lo que me sucedía.
Pues allí estaba yo, esta vez sin sentimiento,  mi cabeza estaba meditando, enganchada con fuerza a su cuerpo, enganchada a su sentimiento.
Me quedé allí dos noches enteras, disfrutando cada segundo. Tenía como la sensación de que algo iba a suceder, pero al mismo tiempo pensaba que debían ser cosas mías.
Al final me fui, le dí mil besos y me volví hacia casa.
Mi madre entró en la habitación la mañana siguiente, tenía una cara diferente, una cara asustada, insegura. Le pregunté que había sucedido, y ella me respondió que nada. Ese “nada” sonaba muy pero que muy mal. Lo dejé correr, si no me lo quería decir era cosa suya, y si no me lo decía era porqué no tendría demasiada importancia, supongo.
Al cabo de dos días me fui a visitar a mi queridísimo almendro, a mi amigo más fiel. Me quedé de una pieza. Su cuerpo estaba cortado en dos partes limpias, sin rastros. Su pelo descansaba en el suelo frío, sus raíces estaban en el aire, sin protección alguna. Notaba como mi corazón se rompía en mil pedazos, haciendo muy difícil su reconstrucción. ¿Dónde estaba el alma de mi almendro? ¿Se había esfumado? ¿De verdad? Si era eso lo que yo veía, si era esa la verdad,  entonces me convertía en el ser más miserable y sucio del universo. Yo no podía vivir sin él, eso era seguro. ¿Y mi madre? ¿Ella lo sabía? ¿Me había mentido con ése “nada”? Si era así, me sentía débil por haberla creído. ¿Escondía la verdad? Me había dado una puñalada de escondidas, seguro que lo sabía, y seguro que se lo calló para que no me entristeciera.
Pero eso ahora daba igual. Habían matado a mí ser más querido. Las vértebras de mi columna se iban desmoronando, la una con la otra, hasta que al final de mi espalda solo quedaban huesos rotos. Corazón y cuerpo roto, engañado,  eso era mi pobre estado.
Cogí una de sus flores, me la puse en el bolsillo y empecé a correr, muy lejos, lo más lejos posible.

diumenge, 18 de març de 2012

you know, the power of love.



                                                           life dosen't get easier, we just get stronger.